Cristóbal Colón llegó a costas hondureñas en 1502, en su cuarto y último viaje al nuevo continente, y en las siguientes décadas se conquistó toda la región centroamericana a las órdenes de Hernán Cortés. En pocos años y tras el saqueo de las tierras y riquezas indígenas, su conversión al cristianismo, y la sustitución progresiva de sus lenguas nativas por el español, las personas que habitaban esa zona se vieron convertidos en mano de obra barata para las explotaciones agrícolas que los colonizadores instalaban en los terrenos que ‘les correspondían’. Como las tribus amerindias quedaron diezmadas se traían además esclavos africanos para paliar la falta de peones.
Las entonces Provincias Unidas de Centroamérica (las Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica actuales) siguieron siendo de dominio español hasta 1821. Posteriormente pasaron a formar una República Federal, de la que Honduras se separó en 1838. Desde entonces el nuevo estado independiente fue golpeado por numerosas guerras civiles y gobernado por ruines dictadores, lo que se tradujo en una gran depresión de su economía. Hacia finales de siglo XIX se adoptaron ‘medidas’ económicas, políticas y administrativas para paliar la crisis, pero ante la inestabilidad del país no fue posible.
La primera mitad del s.XX viene dominada por la United Fruit Company, que junto a otras ricas compañías fruteras estadounidenses hicieron de Guatemala, Costa Rica y la propia Honduras las peyorativamente llamadas “Repúblicas Bananeras”, que curiosamente eran dictaduras militares apoyadas económicamente con dinero de éstas compañías. En Honduras la unión de las fruteras permitió que el general Tiburcio llegara al poder en 1932 dándole el apoyo económico que necesitaba (para ‘estabilizar’ la sociedad mediante el uso de armas), y luego éste favorecería aún más a las compañías haciéndoles concesiones en el país.
Un triste legado que muestra el total poder de éstas compañías estadounidenses es la red de ferrocarriles hondureña: no enlaza las principales ciudades del país, ni comunica con países vecinos, y la mayoría de sus vehículos no permiten pasajeros. Se limita a unir las grandes zonas productoras de banano del norte del país con un gran puerto marítimo para poder exportarlo.
La dictadura duró hasta el año 49. A partir de aquí se suceden elecciones en las que alternan en el poder liberales y conservadores siendo habituales las transiciones violentas mediante golpes de estado, hasta la Constitución de 1982.
Hoy día Honduras es un país en continuo crecimiento, pero sigue excesivamente ligado política y económicamente a los Estados Unidos. Ya no obedece intereses económicos de simples fruteras sino a la voz firme y todopoderosa del país más ‘fuerte’ del actual mundo.
¿Y qué ha sido de los auténticos amerindios? Muchos sucumbieron, otros se integraron en los nuevos modelos traídos por los españoles, pero aún quedan poblaciones de nativos que autogestionan los recursos naturales de que disponen, aunque cada vez les resulta más complicado.
La mayoría de los indígenas no están de acuerdo con el Tratado de Libre Comercio, porque piensan (con razón) que en el fondo no es más que un instrumento de dominación, ya que restringe los derechos laborales y territoriales de los campesinos nativos para ampliar las concesiones a las empresas explotadoras, muchas de ellas transnacionales. Todo esto conlleva además un alto componente de militarización (= dominación) por parte de los EEUU en esa región.
Lo que necesitan los pueblos indígenas es que los representantes de sus países garanticen a toda la población derechos elementales como salud, educación, vivienda, el derecho a la tierra (alimentos) y al agua potable, y la participación ciudadana.
Al final, como en los últimos 500 años, muchos acaban viéndose obligados a trabajar como mano de obra barata en las tierras y aguas que antaño fueron de sus antepasados, pero que ahora pertenecen a grandes latifundistas y empresas ‘por el beneficio económico de todos los hondureños’. Pero ese beneficio ni es para todos ni es equivalente al esfuerzo invertido. No compensa las muchas pérdidas que ocasiona en la cultura, tradiciones, medio natural y biodiversidad en la población rural, que es la más abundante y la más necesaria.




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